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Gandhi como punto de encuentro A propósito del aniversario de su asesinato, 30 de enero de 1948

Una reflexión más para hacer memoria sobre él, sus lecciones de integridad personal y de acción política (El Norte de Castilla, 17.02.2016); en esta ocasión con el proceso de independencia de la India en sus inicios como telón de fondo. Uno escribe para poder superar la soledad histórica que nos embarga, y tratar de seguir siendo integro y coherente. Para ello convendría recordar la denuncia que hacía el recién fallecido escritor John Berger en uno de sus últimos artículos; él evidenciaba cómo el neoliberalismo ha vuelto insustanciales algunos términos, entre otros, el de solidaridad internacional, el de independencia, estos se han marginado y en muchos casos, se han eliminado del debate público por lo que se ha perdido el sentido relacional y de aprendizaje del pasado con el futuro. En tiempos de posverdad, la post-truth, neologismo con más de una década de vigencia, reconocido como palabra del año por la edición del diccionario Oxford en 2016, viene a establecer que “los hechos objetivos tienen menor influencia en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. El proceso de independencia de la India en su configuración tuvo diversos protagonistas, la comunidad india y sus lideres, y el modo de proceder de los responsables políticos ingleses; fijemos nuestra atención más concretamente en el papel de una de las personalidades más destacadas en el relato inicial de la descolonización, Mahandás Karamchand Gandhi.
Después de un periodo intermitente de más de quince años en Sudáfrica como abogado y una breve presencia en Londres a finales de 1914, Gandhi regresa a la India en enero de 1915 con un cúmulo de experiencias de resistencia no-violenta a favor del reconocimiento de la colectividad india como súbditos de su Majestad con derechos, de búsqueda de una integridad y coherencia personal, dispuesto a no causar ningún daño sino a sufrirlo en cada una de sus acciones; y como buen estratega, poder desequilibrar la seguridad moral del aniversario con lo inesperado de sus actos previamente anunciados, teniendo un objetivo inicial el conseguir la “Hind swaraj”, la autonomía de la India. Él mismo se definía como un soñador práctico, convencido de que la presencia británica en la India era posible por la colaboración y el estado pasivo de los propios indios, pues no se podría entender de otra manera esta situación, una población de más de 300 millones ‘controlada’ por 10.000 oficiales ingleses al mando de unos 60.000 soldados indígenas, y por dos centenares de funcionarios del Servicio Civil indio. La trayectoria del partido del Congreso Nacional, movimiento independentista indio que contaba con más de tres lustros de labor política, no había conseguido movilizar a importantes sectores de la población, jóvenes, campesinos, mujeres y comerciantes; Gandhi, en cambio, según recoge en la parte de testimonios Heimo Rau (1987: 185), “ya fueran sus oyentes una persona o mil, su encanto y su capacidad de seducción (…)no era fruto de la elocuencia o de la retórica de sus frases(…) Era su extrema rectitud como hombre y su personalidad la que impresionaba”, así le definía el que sería el primer ministro de la India Jawaharlal Nehru, que desde 1916 participó con él en muchas de las movilizaciones, aunque no teniendo la misma visión de un futuro país independiente, al estilo occidental según Nehru, siguiendo un modelo tradicionalista rural según Gandhi. Las divergencias se harían más que notables posteriormente, aunque en su última carta el mismo día de su asesinato le pide a Nehru que continúe al frente del nuevo Estado y se haga entender con su viceprimer ministro Vallabhbhai Patel.
A principios de febrero de 1916 Gandhi intervino en la inauguración de gala de la universidad hindú de Benarés, advirtiendo que el partido del Congreso había aprobado una resolución sobre el autogobierno, pero que ninguna aportación de papel lo daría jamás: “Nuestra conducta es lo único que nos hará dignos de él” (Wolpert, Stanley, 2001: 119) Y como preparación para la acción desarrolla diversos satyagrahas (1918), termino de su invención, tomado del sánscrito que literalmente significa “atenerse a la verdad”, que exige de partida a cada uno la obediencia a las leyes de la sociedad para posteriormente poder juzgarlas como justas o injustas, buenas o perniciosas, para poder posteriormente resistirse a ellas por medio de la ahimsa, la no-violencia. En el distrito gujarati de Kheda por entender que la contribución territorial exigida por el recaudador británico era excesiva, en Ahmedabad a favor de la mejora de las condiciones de trabajo de los obreros en las fábricas, y por la liberación de los hermanos musulmanes Shaukat y Mohamed Ali, detenidos por sus escritos sediciosos en defensa de un califato turco, a los que adoptó como “hermanos” sumándolos al movimiento de no-cooperación de esos años, porque pensaba que de esta manera podría hacer convivir a musulmanes e hindúes desde su visión pan-india. La victoria aliada en la I Guerra Mundial no supuso para la India un estatuto de dominio sino el mantenimiento de las Leyes de Defensa de la India de 1915, que Gandhi calificaba de “leyes negras” y “una prueba de una política deliberada de represión, la desobediencia civil parece un deber que se impone a todos los amantes de la libertad personal y pública” (W.S.2001: 131). Quedarán todavía treinta años de resistencia y de ejemplaridad.

Jesús Ojeda, investigador en Ciencias Sociales
Vid: http://www.vecinosvalladolid.org/spip.php?mot270

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Comment by Jesús Ojeda Guerrero on February 13, 2018 at 12:22pm

El lugar de la mujer y Gandhi

(Setenta aniversario de su muerte, 30 de enero de 1948)

Un año después del asesinato de Gandhi, el escritor George Orwell argumentaba rechazando las afirmaciones de santidad a favor de Gandhi, no demandadas nunca por éste, sintiendo que sus objetivos le resultaban antihumanos y reaccionarios; ahora bien, definía al Mahatma simplemente como un político cuya estela, en comparación con las figuras destacadas de esa década, ¡qué olor tan limpio ha logrado dejar a atrás! Lo que no era poco ni impedía que como ser humano avanzara en su crecimiento no sin contradicciones ni comportamientos discutibles, en el que se han hecho presentes elementos sustanciales que han ennoblecido la dignidad humana. En tal sentido, no conviene pasar por alto, un recordatorio que el propio Gandhi expusiera en su biografía, al señalar que  no permitiría a nadie adentrarse en mi mente con sus pies sucios.

            Sea como fuere, si sometemos a una crítica rigurosa (sea cual sea la suciedad de nuestros pies) a este pequeño gran hombre identificado como el padre de la India actual, asociado icónicamente a la manipulación de una rueca para hacer su propio vestido, dando discursos ante multitudes sobre cómo proceder para actuar en las relaciones humanas, llevando a cabo ayunos interminables en favor del entendimiento de hindúes y musulmanes, recorriendo las aldeas y protagonizando actos de desobediencia civil ante leyes del imperio que consideraba injustas, siendo un cliente habitual de los hoteles carcelarios en la India de su majestad inglesa, corrigiendo conductas de forma particular ante agresiones que habían sufrido algunas mujeres en los ahrams de convivencia, apoyado en los hombros de dos jóvenes mujeres que él denominaba “sus bastones”…,  digo que, si hacemos una revisión estricta de sus actuaciones y escritos, pero, en esta ocasión, ceñida a una perspectiva de género, parece que emergería ante la opinión pública una figura en absoluto igualitaria y excesivamente obsesionada por el sexo.

Gandhi se representaba la imagen de la mujer como igual al hombre, haciéndola depositaria  de la norma suprema, esto es si la no-violencia es la ley de nuestro  ser, el futuro está con las mujeres. Reconocía que el hombre ha ejercido su dominio sobre la mujer durante mucho tiempo, desarrollándose en ella un complejo de inferioridad: Impulsado por su interés, el hombre ha querido convencerla de que era inferior a él, y ella se lo ha creído. Lo que, injustificadamente, le llevaba a sostener también una visión bastante tradicionalista acerca del papel que le correspondía a la mujer. Pues esta, por naturaleza, era pasiva, su destino la maternidad y su ámbito de acción la familia. Es decir, preserva para el hombre la actividad pública y reserva el ámbito privado de la familia a la mujer. Lo que, en principio, puede considerarse una exclusión. Aunque, eso sí, insistiendo en que si hay que destacar alguno de los males de los que el hombre se ha hecho a sí mismo responsable, no hay ninguno tan degradante, tan repugnante y tan brutal como su explotación desvergonzada de la mitad mejor de la humanidad, llamada injustamente el sexo  débil. Y concluía definiendo el sexo femenino  como el más noble, ya que sigue todavía encarnando en la actualidad el sacrificio, la resignación, la humanidad, la fe y la prudencia. (Gandhi, Todos los hombres son hermanos, Salamanca: Sígueme, 2002, pp.226s). Todo lo cual, en su conjunto y bajo una interpretación más generosa, podríamos situar como un digno antecedente de lo que, con el tiempo, Carol Gilligan ha llamado la ética del cuidado. Esto es, privilegiar los lazos de empatía y atención a los más débiles por encima del cumplimiento rigorista de obligaciones políticas abstractas o etéreas.

 

Evidentemente, la teoría de Gilligan (tan vinculada a la acción no-violenta) está siendo sometida a crítica. Pero lo que sorprende no es tanto esto como el hecho de la existencia de algunos textos (libros y blogs de inspiración feminista) que cargan contra Gandhi hasta unos extremos que parecen risibles. Por ejemplo, en uno de ellos, se resalta en Gandhi esa visión de desigualdad y su morbosa preocupación sobre el sexo haciéndole responsable en alguna medida de la actual ola de misoginia en la India de nuestros días. Se trata de la bióloga, fotógrafa y activista india Rita Banerji que en su estudio social e histórico de cómo se ha ido configurando la sexualidad en su país (Sex and Power: Defining History, Shaping Societes, New Delhi: Penguin Boock, 2008) hace sucesivas referencias a cómo Gandhi responsabilizaba a las mismas mujeres de las agresiones sexuales que sufrían, de cómo las mujeres violadas se desvalorizaban justificando el feminicidio, cuestión que revisó en el último periodo de su vida; su posición ante los anticonceptivos y la calificación que le merecía la mujer que los utilizaba. En una línea similar, otra referencia más, es la biografía elaborada por el historiador y periodista de televisión el  inglés Jad Adams (Gandhi: Naked Ambition, London: Penguin Group, 2011) que centra su atención en el hombre que pasó una parte importante de su vida, según su opinión, ‘refinando’ sus excéntricas teorías de la castidad, el vegetarianismo, las deposiciones y el modo de conservar el fluido vital del esperma.

 

El mayor interés de todo esto es considerar hasta qué punto sigue vivo un hombre y una obra al que se le sigue sometiendo al filtro de la crítica. Lo que ocurre es que quizá se le esté pidiendo peras de ahora mismo a un olmo de hace ya muchos años. Y, en este sentido, vemos dos peligros. Por un lado, el anacronismo buscar respuestas para hoy en un pensamiento que surge y desarrolla en un tiempo y lugar muy distante. Y, por otro, la perfeccionista consideración de que un hombre bueno excepcional debía ser por definición excepcionalmente certero en todo, absolutamente en todo, incluso en aquello que se sale de las preocupaciones principales de su tiempo. De tal modo, que algunos puedan llegar a extrañarse de que no dijera nada de interés sobre la aventura intergaláctica, los derechos emergentes o el movimiento LGBT.

 

Con todo, aunque quizá desenfocado, nada de esto es inútil. Forma parte de una discusión cuyo objetivo frente al enorme progreso del arte de la guerra se preocupa por alcanzar un nivel superior respecto al arte de la paz. Al fin y al cabo, el propio Gandhi llegó a decir: “Mi resistencia pacífica está en la misma fase que la electricidad en la época de Edison. Ha de ser perfeccionada y desarrollada”. Una reflexión muy apropiada para en el aniversario del asesinato del Mahatma Gandhi, de un alma grande.

 

Jesús Ojeda, investigador en CC.SS.

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